lunes, 4 de enero de 2021

04/01/2021

—¿Sabes? —dijo James—, eso que me has contado yo lo veo como un puñetazo del destino. 

»Estás en la cama, ¿no?, te acabas de despertar. No ha amanecido del todo pero todavía es difícil mantener los dos ojos abiertos a la vez así que pruebas sólo con uno. Yo suelo dejar cerrado el izquierdo un rato, es como si fuera el pie que pones para evitar que se cierre de golpe la puerta al mundo de los sueños. Desde ahí, a mitad de camino, que aún no sabes ni qué hora es, apenas recuerdas el día y joder, con suerte podrías decir cómo te llamas; estiras el brazo. Palpas la realidad que empieza a convertirse en mesita de noche. Quizás tiras algo al suelo, no sabes el qué, pero tampoco te importa —James deslizó su mano derecha hasta acariciar el tenedor—. Tocas algo frío. Podría ser metal, el metal de la llave que usarás para cerrar del todo esa puerta. Pero en este universo es sólo plástico barato por un lado y cristal por el otro y se ilumina con una fuerza deslumbrante cuando aprietas uno de los botoncitos del costado —se detuvo un segundo, pero seguía sin llamar la atención de Jack—. 

»Te acomodas boca arriba y sostienes el móvil justo encima de ti —continuó mientras levantaba el tenedor—. Has visto la hora, la fecha, empiezas a conectar con la realidad. Sólo te falta entrar a tu red social de cabecera para leer todo lo que esas diminutas personitas que viven dentro del aparato han posteado durante la noche. Y entonces, sin saber cómo ni por qué, algo te golpea en la cara con fuerza. Tus manos apenas se han movido pero ya no sujetan nada y la fuente de luz rectangular que ahora descansa a unos centímetros de tu cabeza se extingue por ignorarla unos míseros segundos. 

»Podrías pensar que el móvil se ha resbalado entre tus dedos y ha sucumbido a la gravedad hasta encontrarse violentamente con tu pómulo, pero en realidad esa caída no ha sido causa sino consecuencia. Algo o alguien te ha acaba de dar un puñetazo en toda la cara y eso es lo que ha hecho que tus manos perdieran su fuerza de agarre —Jack levantó la vista por fin—. 

—¿De qué diablos estás hablando?

—El destino, amigo mío, te manda un mensaje —prosiguió James ignorándolo—. Un mensaje en forma de puñetazo para que te plantees qué cojones estás haciendo. ¿Nada más empezar un nuevo día en este maravilloso mundo de mierda en el que tenemos la suerte de vivir lo primero que haces es coger tu teléfono para ver las gilipolleces que gente a la que no conoces ha subido a internet mientras tú dormías? ¿Cuánto habrán cambiado sus vidas en apenas unas horas? ¿Y la tuya? No, joder, la tuya sigue igual de triste. Sigue igual de triste porque no haces caso a las señales y prefieres ver una maldita foto de alguien tirándose un pedo que disfrutar de unas deliciosas tostadas y una agradable conversación con un amigo al que tú mismo has hecho venir hasta este jodido bar. Así que deja el puto móvil mientras desayunamos o el destino va a coger este puto tenedor y te va a clavar una puta señal en tu puta mano preferida. 


sábado, 10 de octubre de 2020

Autorretrato

 Andaba distraído, como si sus pies decidieran a dónde ir por sí solos sin que le importara lo más mínimo la dirección. Las zapatillas anchas sin atar y medio sueltas dejaban entrever a cada paso unos calcetines de colores llamativos y desiguales que se escondían al final de sus vaqueros, negros, desgastados, no muy ajustados, que parecían haber vivido tiempos mejores. La camiseta era gris moteada, larga y ancha, aunque no lo suficiente para esconder del todo las formas de la parte alta de su espalda, omoplatos y hombros ligeramente marcados como cumbre de un cuerpo delgado pero proporcionado. Las mangas cortas bailaban escondiendo a momentos tatuajes que no llegaba a distinguir, dejando ver unos brazos de piel clara, a la que quizás le faltara algo de sol, que acababan en unas manos marcadas y alargadas.

Casi sin que me diera cuenta, se detuvo, y giró por completo su cuerpo como si hubiera estado escuchando mis pensamientos. Una barba descuidada con manchas canosas en los costados que hacía días se podría haber dicho que era barba de unos días, escondía unos labios finos y estrechos, dividido el superior por una fina cicatriz que otorgaba un aire indiferente y carismático a su expresión. Decenas de pecas se repartían de forma irregular por sus mejillas, así como por una amplia frente que no ocultaba ciertas entradas a un pelo corto, pero no mucho, moreno y revuelto.

Los pendientes de sus orejas aún chocaban entre ellos con los resquicios del movimiento que había impregnado su cuerpo. Se colocaba las gafas, algo caídas, en su sitio, encima de esa estrecha y pecosa nariz, cuando su mirada, atravesando cristales de reflejos azules, se cruzó con la mía. Unos ojos pequeños, castaños, oscuros y profundos se apoyaron en los míos. Como descansando después de un largo viaje. En algo parecido al alivio y la desconfianza de quien encuentra aquello que ya dejó de buscar.

Y en ese instante, el tiempo se detuvo.

Ya ves. Trece mil setecientos ochenta y siete millones de años de tiempo constante y unidireccional sin percances. Y tenía que romperse justo ahora.

sábado, 3 de octubre de 2020

03/10/2020

Era la quinta visita que tenía en la misma noche. Esta vez le tocaba ser Sara. Morena, veintitantos, fotógrafa, risueña y amante de los videojuegos. Cogió la maltrecha peluca, la atusó un poco, y se la puso ya de camino a la habitación 203. No necesitaba que su “disfraz” fuera perfecto, tan sólo un pequeño toque y el subconsciente de quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta haría el resto. Conforme se acercaba, la luz del pasillo se hacía más brillante y una tenue neblina se apoderaba del ambiente. Su respiración se aceleró. Le faltaba el aire. Las piernas le pesaban. Se movían. Corría. Y los músculos de su cara se tensaron. Se sentía bien. Estaba riendo. Los edificios que avanzaban en dirección contraria a su paso dejaron lugar a una calle abarrotada. Tuvo que detenerse antes de cruzar. Miró hacia atrás y vio a una chica pelirroja corriendo hacia ella. Un destello. Un instante de duda, de intentar recordar. Pero no había nada. Tan sólo frío. El frío del metal. El pomo de una puerta. Alguien le abrazó con fuerza.

Alicia se despertó con la sensación de vacío que sólo puedes tener en caída libre. Con desconcierto. Frustración. Con miedo a cerrar los ojos por si volvía. Pero tantas ganas de volver. Hacía casi cinco años que no sabía nada de Sara. Ni siquiera la había recordado en meses.

Y, así, sin avisar, una noche como cualquier otra, aparece en su sueño una chica que ni se le parece. Pero que, por algún motivo, duele tanto como ella.

miércoles, 8 de julio de 2020


Placeres controvertidos como beber vaso en vino. Que vino en vaso y no se cómo no secó con todo el sol que hacía. Que era. Luz líquida color azul un poco verte sin que me mires, oír lo que ríes, llorar por los dedos, con huesos nuevos de madera y a la altura del pecho. Y me hincho de ganas, despacio, de espacio, de un universo entero sin peros de cuerdos ni locos y recuerdos de pocos en cuerdas de nadie. O quizás tan sólo fuera aire.


No lo sé.


Pero yo me voy con tu música a otra parte.

domingo, 5 de julio de 2020

Horas muertas o muerto en las horas
que ahora son olas que asolan aquello que piensas,
aquél a quien piensas.
A solas,
a tientas,
no hay ciencia o motivo
y son tantos los míos,
los "sí, sol, sal, soy yo sin mí",
son mil contigo y no sigo contando
los hilos que tejen ríos de barro,
ojalás en las alas de peces con miedo a volar,
amor en los ojos de hijos de puta sin miedo a sentir
y asentí,
es a mí,
es en mí,
y qué hace en ti mi sonrisa.
Salí con lo puesto y detesto el frío,
detesto este texto atestado de excesos que besan mis dedos y exigen el sexo que sé sólo existe contigo.
No te vayas aún, espera.

Oí que es aquí donde mueren las horas,
vine a dar mi vida por ellas.

martes, 30 de junio de 2020

Viven en mi habitación. Escondidas en los rincones. Desconfiadas y temerosas. Expectantes. Algunas noches, cuando cierro los ojos, las escucho juntarse a mis pies, y, una a una, suben por mi pierna, rodeándola en espiral, hasta perderse en todos los recovecos de mi cuerpo. Yo me quedo quieto. Sé que el más mínimo movimiento las espantaría. Tan sólo puedo esperar que algunas lleguen a mis labios. Y confiar en que sean justo las que quieres oír.

domingo, 2 de julio de 2017

Vístete

Tan sólo tenía un par de pantalones en el armario. Del montón de camisetas que cubría aquello que en algún momento había sido una silla, siempre acababa cogiendo la misma. Dormía en calzoncillos, la mayoría de las veces limpios, puestos después de ducharse la noche anterior, por eso de quitarse trabajo de la mañana; así que ahí no había problema. Los calcetines los guardaba en el primer cajón, desparejados por supuesto, sueltos, y los seleccionaba al azar, revolviendo un poco con los ojos cerrados antes de que la mano inocente se detuviera por segunda vez y agarrara uno distinto. No solía pasar, pero a veces salían dos iguales. En ese caso, los descartaba y volvía a empezar. Debajo de la cama vivían las mismas zapatillas desde hacía ya cinco o seis años, amas y señoras de aquel feudo habitado por pelusas de todas las formas y tamaños. Ahí no había elección, tan sólo tenía que sacudirlas un poco. Lo que sí tenía mucho eran sentimientos. Dos cajones llenos de sentimientos arrugados y descoloridos, la mayoría, y algunos prácticamente nuevos, sin usar, de esos que te regalan y no sabes qué hacer con ellos.

Y aquella mañana no se decidía. No sabía cuál ponerse. Una vez incluso se puso dos, uno encima de otro. Aquel fue un invierno muy frío. Pero esa mañana hacía calor. Tenía que elegir. Y lo meditó durante horas. Hasta se planteó no salir. Quedarse en casa en calzoncillos, sin zapatillas, sin camiseta, sin sentimientos. Pero siguió meditando. Nunca vi a nadie dudar tanto entre dos pantalones.