—¿Sabes? —dijo James—, eso que me has contado yo lo veo como un puñetazo del destino.
»Estás en la cama, ¿no?, te acabas de despertar. No ha amanecido del todo pero todavía es difícil mantener los dos ojos abiertos a la vez así que pruebas sólo con uno. Yo suelo dejar cerrado el izquierdo un rato, es como si fuera el pie que pones para evitar que se cierre de golpe la puerta al mundo de los sueños. Desde ahí, a mitad de camino, que aún no sabes ni qué hora es, apenas recuerdas el día y joder, con suerte podrías decir cómo te llamas; estiras el brazo. Palpas la realidad que empieza a convertirse en mesita de noche. Quizás tiras algo al suelo, no sabes el qué, pero tampoco te importa —James deslizó su mano derecha hasta acariciar el tenedor—. Tocas algo frío. Podría ser metal, el metal de la llave que usarás para cerrar del todo esa puerta. Pero en este universo es sólo plástico barato por un lado y cristal por el otro y se ilumina con una fuerza deslumbrante cuando aprietas uno de los botoncitos del costado —se detuvo un segundo, pero seguía sin llamar la atención de Jack—.
»Te acomodas boca arriba y sostienes el móvil justo encima de ti —continuó mientras levantaba el tenedor—. Has visto la hora, la fecha, empiezas a conectar con la realidad. Sólo te falta entrar a tu red social de cabecera para leer todo lo que esas diminutas personitas que viven dentro del aparato han posteado durante la noche. Y entonces, sin saber cómo ni por qué, algo te golpea en la cara con fuerza. Tus manos apenas se han movido pero ya no sujetan nada y la fuente de luz rectangular que ahora descansa a unos centímetros de tu cabeza se extingue por ignorarla unos míseros segundos.
»Podrías pensar que el móvil se ha resbalado entre tus dedos y ha sucumbido a la gravedad hasta encontrarse violentamente con tu pómulo, pero en realidad esa caída no ha sido causa sino consecuencia. Algo o alguien te ha acaba de dar un puñetazo en toda la cara y eso es lo que ha hecho que tus manos perdieran su fuerza de agarre —Jack levantó la vista por fin—.
—¿De qué diablos estás hablando?
—El destino, amigo mío, te manda un mensaje —prosiguió James ignorándolo—. Un mensaje en forma de puñetazo para que te plantees qué cojones estás haciendo. ¿Nada más empezar un nuevo día en este maravilloso mundo de mierda en el que tenemos la suerte de vivir lo primero que haces es coger tu teléfono para ver las gilipolleces que gente a la que no conoces ha subido a internet mientras tú dormías? ¿Cuánto habrán cambiado sus vidas en apenas unas horas? ¿Y la tuya? No, joder, la tuya sigue igual de triste. Sigue igual de triste porque no haces caso a las señales y prefieres ver una maldita foto de alguien tirándose un pedo que disfrutar de unas deliciosas tostadas y una agradable conversación con un amigo al que tú mismo has hecho venir hasta este jodido bar. Así que deja el puto móvil mientras desayunamos o el destino va a coger este puto tenedor y te va a clavar una puta señal en tu puta mano preferida.