Tan sólo tenía un par de pantalones en el armario. Del montón de camisetas que cubría aquello que en algún momento había sido una silla, siempre acababa cogiendo la misma. Dormía en calzoncillos, la mayoría de las veces limpios, puestos después de ducharse la noche anterior, por eso de quitarse trabajo de la mañana; así que ahí no había problema. Los calcetines los guardaba en el primer cajón, desparejados por supuesto, sueltos, y los seleccionaba al azar, revolviendo un poco con los ojos cerrados antes de que la mano inocente se detuviera por segunda vez y agarrara uno distinto. No solía pasar, pero a veces salían dos iguales. En ese caso, los descartaba y volvía a empezar. Debajo de la cama vivían las mismas zapatillas desde hacía ya cinco o seis años, amas y señoras de aquel feudo habitado por pelusas de todas las formas y tamaños. Ahí no había elección, tan sólo tenía que sacudirlas un poco. Lo que sí tenía mucho eran sentimientos. Dos cajones llenos de sentimientos arrugados y descoloridos, la mayoría, y algunos prácticamente nuevos, sin usar, de esos que te regalan y no sabes qué hacer con ellos.
Y aquella mañana no se decidía. No sabía cuál ponerse. Una vez incluso se puso dos, uno encima de otro. Aquel fue un invierno muy frío. Pero esa mañana hacía calor. Tenía que elegir. Y lo meditó durante horas. Hasta se planteó no salir. Quedarse en casa en calzoncillos, sin zapatillas, sin camiseta, sin sentimientos. Pero siguió meditando. Nunca vi a nadie dudar tanto entre dos pantalones.
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