Era la quinta visita que tenía en la misma noche. Esta vez le tocaba ser Sara. Morena, veintitantos, fotógrafa, risueña y amante de los videojuegos. Cogió la maltrecha peluca, la atusó un poco, y se la puso ya de camino a la habitación 203. No necesitaba que su “disfraz” fuera perfecto, tan sólo un pequeño toque y el subconsciente de quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta haría el resto. Conforme se acercaba, la luz del pasillo se hacía más brillante y una tenue neblina se apoderaba del ambiente. Su respiración se aceleró. Le faltaba el aire. Las piernas le pesaban. Se movían. Corría. Y los músculos de su cara se tensaron. Se sentía bien. Estaba riendo. Los edificios que avanzaban en dirección contraria a su paso dejaron lugar a una calle abarrotada. Tuvo que detenerse antes de cruzar. Miró hacia atrás y vio a una chica pelirroja corriendo hacia ella. Un destello. Un instante de duda, de intentar recordar. Pero no había nada. Tan sólo frío. El frío del metal. El pomo de una puerta. Alguien le abrazó con fuerza.
Alicia se despertó con la sensación de
vacío que sólo puedes tener en caída libre. Con desconcierto. Frustración. Con
miedo a cerrar los ojos por si volvía. Pero tantas ganas de volver. Hacía casi
cinco años que no sabía nada de Sara. Ni siquiera la había recordado en meses.
Y, así, sin avisar, una noche como
cualquier otra, aparece en su sueño una chica que ni se le parece. Pero que,
por algún motivo, duele tanto como ella.
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