Al menos, hacía feliz a la gente. Ese era su consuelo. No necesitaba más que un un roce, una frase, una mirada. A veces, incluso, lo hacía sin querer. Un compañero suyo se estampó contra el techo de la clase tan sólo por pedirle un boli. El chico, claro, no podía contener las carcajadas mientras el resto de los allí presentes miraba hacia arriba con asombro. Tardó un poco en estabilizarse, pero con una ristra de espasmódicos movimientos cual pez fuera del agua, llegó hasta la ventana.
Nunca volvieron a verle. En persona. De vez en cuando sube alguna foto a facebook posando entre bandadas de gansos en migración.
Y había a quien le costaba un poco más. Tenía una amiga que no terminaba de arrancar, y pasaron semanas que andaba a saltitos como si estuviera en la luna. Hasta que un día de lluvia, acompañándola de vuelta a casa después de tomar una cerveza en su sitio favorito, saltaron un charco para subir a la acera. Él no calculó bien, y, donde cayó, el agua le llegaba hasta el tobillo. Ella tampoco. O quizás demasiado. Y en cuestión de segundos, ya veía caer el agua bajo sus pies. “¡Desde aquí la vista es preciosa!", le gritó, “¡tendrías que verlo!", mientras la voz se diluía en gotas de agua, “¡te echaré…!” y la lluvia empezó a caer con más fuerza. O eso quiso pensar. Y sonrió. Como pudo.
Ella, como sabía.
Había poca gente que se quedara en el suelo. A su alrededor. De una forma u otra, cualquiera que tuviera algún tipo de relación con él, acababa volando. Feliz. Y lejos. Siempre había sido así. Hasta ahora.
Después de meses, esta chica no daba ni un respingo cuando le veía. Apenas levantaba los pies del suelo si paseaban entre risas cogidos de la mano. Y parecía que le costara hasta levantar las pestañas después de cada beso. Él la miraba embobado, entre confuso y expectante, esperando al momento en que pudiera ver cómo en su sonrisa se empezaran a dibujar unos trazos algo distintos. Y a la vez familiares. Esos sutiles trazos que sólo se ven en la sonrisa de quien se prepara para nadar entre las nubes.
—Quizás no te haga feliz —le confesó preocupado—, ¿o es que no quieres volar?
—No lo sé. Volar es una palabra con muchas letras. Feliz, a veces, tiene incluso más.
—Entonces, ¿quieres que me vaya?
Nunca hubo respuesta.
Así que se fue.
Y cuanto más se alejaba, los pies de aquella desconocida más se separaban del suelo. Esta vez no la vio, pero su sonrisa estaba allí. La sentía. Como tantas otras veces. Pero esta vez, el dibujo era algo distinto. Hasta para él.
Y la lluvia empezó a caer con más fuerza.
¿Quién no querría volar?
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