Carraspeé un poco para que levantara la vista de lo que parecía ser la manga de camisa más interesante del universo. Me miró desde su posición, no muy elevada del suelo, y después se giró hacia el panel dorado del otro lado del cubículo acabado en madera.
—¡Piso diecisiete! —dijo por fin tras unos (quizás demasiados) instantes de silenciosa meditación acompañando a un inesperado respingo y un golpecito estilo Dorothy entre los talones de sus pies.
Pegó los brazos al cuerpo y de nuevo se giró hacia mi, manteniendo un contacto visual para mi gusto algo exagerado, y formando una curva en sus labios que por definición debería poder llamar sonrisa. Permaneció expectante. O impaciente. O simplemente permaneció. Me fijé en sus rasgos. Su cara me resultaba familiar. Y extraña a la vez. No sabría definirla. Una cara normal. Común. Era difícil sacarle peculiaridades. Una cara que bien podría haber visto y no recordar, o no haber visto y recordar. Si ahora mismo te pidiera que dibujaras una cara sin pensar en nadie en particular, le dibujarías a él.
—Piso diecisiete, señor —repitió, algo menos enérgico, y parpadeó. Pero uno de esos parpadeos a gran escala en los que se usa toda la cabeza para parpadear, inclinándola hacia delante de forma sincronizada con los párpados. Y volvió a dibujar aquella indefinible curva, que por ahorrar caracteres voy a empezar a llamar sonrisa, en los labios.
Golpeó una segunda vez los talones de sus pies. Unos pies pequeños, cubiertos por algo negro que por definición debería poder llamar zapatos (las definiciones en aquel lugar estaban bastante abajo en la pirámide de importancia). Eran, cuanto menos, curiosos. No eran calcetines porque parecían hechos de un material más o menos duro y brillante como el charol. Pero no tenían suela como tal, no había costuras de ningún tipo y parecían encajar como un guante. Casi se le distinguían los deditos de los pies haciendo un ligero movimiento acompasado en cada uno de ellos, como si de una ola se tratase, desde el meñique hasta el más grande y gordo de los siete.
Y esperó.
Golpeó una segunda vez los talones de sus pies. Unos pies pequeños, cubiertos por algo negro que por definición debería poder llamar zapatos (las definiciones en aquel lugar estaban bastante abajo en la pirámide de importancia). Eran, cuanto menos, curiosos. No eran calcetines porque parecían hechos de un material más o menos duro y brillante como el charol. Pero no tenían suela como tal, no había costuras de ningún tipo y parecían encajar como un guante. Casi se le distinguían los deditos de los pies haciendo un ligero movimiento acompasado en cada uno de ellos, como si de una ola se tratase, desde el meñique hasta el más grande y gordo de los siete.
Y esperó.
Si aquello hubiera sido una obra de teatro, creo que esa habría sido mi entrada.
—Eh... ¿Es aquí?
—Es aquí, señor —contestó lo más rápido que yo había visto contestar a nadie en mi vida sin llegar a cortar la pregunta.
Permaneció completamente inmóvil.
Ni siquiera volvió a parpadear. Se ve que con uno de aquellos parpadeos le bastaba para uno o dos minutos. O tres.
—Eh... Pues... ¿Bajamos?
—Bajamos, señor —dijo mientras asentía. O tal vez fuera sólo un parpadeo.
Y dio un tercer golpecito.
No, no eran calcetines. Ni zapatos. Tenía los pies cubiertos de charol.
Giró sobre los mismos talones que acababa de hacer chocar (al menos no eran otros, en eso era normal), abrió la puerta plegable del ascensor, luego la reja que daba paso a la decimoséptima planta del hotel, y con la espalda antinaturalmente erguida, doblando sólo las rodillas como si una de las anatómicamente precisas ilustraciones del manual "cómo levantar peso" hubiera salido del papel para cumplir su sueño de llegar a ser botones, alcanzó a coger mis dos bolsas de viaje.
—Por aquí, señor —dijo ya mientras se alejaba a pasos igualmente antinaturales.
A decir verdad eran unos pasos bastante normales, tirando a largos, con ningún gesto exagerado, pero eran unos pasos dados con pies de charol y siete dedos. No me terminaba de acostumbrar.
A decir verdad eran unos pasos bastante normales, tirando a largos, con ningún gesto exagerado, pero eran unos pasos dados con pies de charol y siete dedos. No me terminaba de acostumbrar.
Tardé unos segundos en recuperar la claridad suficiente para echar a andar.
Y aun así, sólo di dos pasos, los necesarios para salir del ascensor. Mi cuerpo, sin embargo, seguía moviéndose en pos del peculiar hombrecillo que me guiaba hacia mi destino, pero no por iniciativa propia. Nada más lejos de la ficción. Quizás un poco más cerca de la realidad, algo me decía que saliera de allí corriendo. Y no, no me refiero a las palabras que llegaban hasta mi medio borrosas y desorientadas, ya fuera por la lejanía del aparentemente enérgico emisor o por obstáculos físicos entre nosotros, que venían a decir algo así como "¡sal de aquí corriendo!", me refiero a una especie de intuición natural en mi. Siempre he tenido un séptimo sentido para estas cosas. El sexto es el de elegir bien los hoteles.
Y aun así, sólo di dos pasos, los necesarios para salir del ascensor. Mi cuerpo, sin embargo, seguía moviéndose en pos del peculiar hombrecillo que me guiaba hacia mi destino, pero no por iniciativa propia. Nada más lejos de la ficción. Quizás un poco más cerca de la realidad, algo me decía que saliera de allí corriendo. Y no, no me refiero a las palabras que llegaban hasta mi medio borrosas y desorientadas, ya fuera por la lejanía del aparentemente enérgico emisor o por obstáculos físicos entre nosotros, que venían a decir algo así como "¡sal de aquí corriendo!", me refiero a una especie de intuición natural en mi. Siempre he tenido un séptimo sentido para estas cosas. El sexto es el de elegir bien los hoteles.
Era un pasillo ancho de suelo enmoquetado, agradable al tacto de mis descalzos y fríos pies (política de la empresa, no se permitía entrar zapatos de fuera. Literalmente. Rezaba un imponente cartel en la puerta: "prohibida la entrada a todo tipo de zapatos, zapatillas, zuecos, botas, borceguís, escarpines, chanclas, chancletas, babuchas, sandalias, chinelas, pantuflos, alpargatas o derivados". Y un poco amistoso armario de dos por dos metros con forma de persona se encargaba de que nadie lo pasara por alto. Sí, también literalmente, el armario abría su torso y allí debíamos depositar nuestro calzado antes de entrar).
El techo estaba lejos, muy lejos, y desde allí, una versión abombada por unos sitios y estirada por otros de mi persona cambiaba de composición a cada paso que daba. Cada vez que levantaba la cabeza lo veía inmerso en su peculiar baile de formas.Y él me devolvía la mirada con un gesto vacilante extrañamente similar al mío.
Las puertas se amontonaban a cada lado del pasillo (no, no literalmente, ¿cómo ibas a entrar a ningún lado si las puertas se amontonaran unas encima de otras? Por favor...). Algunas estaban muy cerca de la siguiente, y luego nada hasta decenas de metros después. Conforme avanzaba me daba cuenta de que no había dos iguales, todas tenían algo que las diferenciaba. Y los números que las identificaban no tenían ningún sentido. Sucesiones más o menos largas de números y/o letras indistintamente (noventa y cinco, noventa y seis, trece, cuatro, plátano...).
Mi abombado y verticalmente opuesto yo se detuvo frente a una puerta del lado izquierdo del pasillo, así que decidí hacer lo mismo. El botones siguió andando unos cuantos metros hasta que se dio cuenta de que había dejado de seguirle.
—¡Oh! ¡Aquí es, señor! —dijo mientras retrocedía sobre sus pasos —Habitación MV1107CAMISETAVERDEHOLA7.
—Suena bien.
—Suena bien, señor —contestó mientras metía el brazo (no la mano, el brazo, aquello debía tener una profundidad importante) en el bolsillo.
Parecía tantear sin mucho entusiasmo buscando la llave.
—Eh... ¿Qué tal la habitación? Es... ¿Luminosa? —pregunté por romper el incómodo silencio.
—Es luminosa, señor —contestó sin dejar de buscar. De vez en cuando se oía algún tintineo.
Ante mi pasaban retazos de tiempo que no sabría muy bien cómo medir. Vi pasar uno bastante grande, rectangular y deshilachado por los extremos. Verde clarito con rayas grises.
—Es... ¿Grande?
—Es grande, señor.
Pasó uno muy pequeño e irregular. Negro como el carbón.
—¿Es oscura?
—Es oscura, señor.
Decidí que el incómodo silencio era mejor que aquello.
Sacó por fin la mano del bolsillo sujetando con cuidado una llave entre índice y pulgar, como si manchara. La miró unos segundos, vuelta y vuelta, y la volvió a guardar en el bolsillo. Estiró el brazo hasta el pomo de la puerta y con un leve giro la abrió sin más.
—Adelante, señor —y me miró forzando aún más si cabe aquella sonrisa (no, me niego, eso no era una sonrisa. Aquella curva en sus labios que por definición debería poder llamar sonrisa).
Como había dicho, era oscura. No veía absolutamente nada. Tanteé en la pared buscando el interruptor de la luz cuando escuché cómo la puerta se cerraba a mi espalda. Me giré nervioso pero no me dio tiempo ni a golpearla. Todo se iluminó de repente.
No me preocupé mucho de mis bolsas de viaje, no creo que dos bolsas vacías me sirvieran de mucho allí.
Sí, también era grande. A pocos metros de la puerta estaba la cama, de dos por dos, con cabezal metálico y manta de motivos geométricos. A la derecha el baño, pequeño pero completo, y un poco más allá estaban las vías del tren, andenes del uno al seis. A partir del siete había que irse a la otra parte de la estación.
Por suerte ella llegaba al tres.
La gente iba y venía sin saber muy bien a dónde.
Y sí, era cerca de mediodía, ni una nube en el cielo, y una intensa luz natural lo inundaba todo.
Aquella se convirtió en mi casa. Durante un tiempo. Menos del que me hubiera gustado. Pero es lo que tiene ser un recuerdo, tarde o temprano alguien reclama tu habitación.
El techo estaba lejos, muy lejos, y desde allí, una versión abombada por unos sitios y estirada por otros de mi persona cambiaba de composición a cada paso que daba. Cada vez que levantaba la cabeza lo veía inmerso en su peculiar baile de formas.Y él me devolvía la mirada con un gesto vacilante extrañamente similar al mío.
Las puertas se amontonaban a cada lado del pasillo (no, no literalmente, ¿cómo ibas a entrar a ningún lado si las puertas se amontonaran unas encima de otras? Por favor...). Algunas estaban muy cerca de la siguiente, y luego nada hasta decenas de metros después. Conforme avanzaba me daba cuenta de que no había dos iguales, todas tenían algo que las diferenciaba. Y los números que las identificaban no tenían ningún sentido. Sucesiones más o menos largas de números y/o letras indistintamente (noventa y cinco, noventa y seis, trece, cuatro, plátano...).
Mi abombado y verticalmente opuesto yo se detuvo frente a una puerta del lado izquierdo del pasillo, así que decidí hacer lo mismo. El botones siguió andando unos cuantos metros hasta que se dio cuenta de que había dejado de seguirle.
—¡Oh! ¡Aquí es, señor! —dijo mientras retrocedía sobre sus pasos —Habitación MV1107CAMISETAVERDEHOLA7.
—Suena bien.
—Suena bien, señor —contestó mientras metía el brazo (no la mano, el brazo, aquello debía tener una profundidad importante) en el bolsillo.
Parecía tantear sin mucho entusiasmo buscando la llave.
—Eh... ¿Qué tal la habitación? Es... ¿Luminosa? —pregunté por romper el incómodo silencio.
—Es luminosa, señor —contestó sin dejar de buscar. De vez en cuando se oía algún tintineo.
Ante mi pasaban retazos de tiempo que no sabría muy bien cómo medir. Vi pasar uno bastante grande, rectangular y deshilachado por los extremos. Verde clarito con rayas grises.
—Es... ¿Grande?
—Es grande, señor.
Pasó uno muy pequeño e irregular. Negro como el carbón.
—¿Es oscura?
—Es oscura, señor.
Decidí que el incómodo silencio era mejor que aquello.
Sacó por fin la mano del bolsillo sujetando con cuidado una llave entre índice y pulgar, como si manchara. La miró unos segundos, vuelta y vuelta, y la volvió a guardar en el bolsillo. Estiró el brazo hasta el pomo de la puerta y con un leve giro la abrió sin más.
—Adelante, señor —y me miró forzando aún más si cabe aquella sonrisa (no, me niego, eso no era una sonrisa. Aquella curva en sus labios que por definición debería poder llamar sonrisa).
Como había dicho, era oscura. No veía absolutamente nada. Tanteé en la pared buscando el interruptor de la luz cuando escuché cómo la puerta se cerraba a mi espalda. Me giré nervioso pero no me dio tiempo ni a golpearla. Todo se iluminó de repente.
No me preocupé mucho de mis bolsas de viaje, no creo que dos bolsas vacías me sirvieran de mucho allí.
Sí, también era grande. A pocos metros de la puerta estaba la cama, de dos por dos, con cabezal metálico y manta de motivos geométricos. A la derecha el baño, pequeño pero completo, y un poco más allá estaban las vías del tren, andenes del uno al seis. A partir del siete había que irse a la otra parte de la estación.
Por suerte ella llegaba al tres.
La gente iba y venía sin saber muy bien a dónde.
Y sí, era cerca de mediodía, ni una nube en el cielo, y una intensa luz natural lo inundaba todo.
Aquella se convirtió en mi casa. Durante un tiempo. Menos del que me hubiera gustado. Pero es lo que tiene ser un recuerdo, tarde o temprano alguien reclama tu habitación.
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