Antiguamente se decía que las fotografías robaban el alma de las personas. Pero lo que roban es el alma de los momentos. Y las embalsaman. Las momifican. Las vuelven inmortales. Almas vivas de momentos muertos que esperan ansiosas a que el pobre incauto cumpla con la maldición, y los ojos se posen en el frío papel hasta tornarlos a un estado latente en su memoria. Momentos no-muertos de alma descompuesta convertidos en momias que son recuerdos a mitad de camino entre este mundo y ningún otro.
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