Esta historia no es la típica historia de amor. No es una historia de esas de chico conoce chica (o viceversa (o cualquier variante entre vocales)), a chica (o chico) le gusta chico (o chica (o chico)), pero chica (o chico) no se atreve a... en fin, creo que queda claro a qué me refiero. Que no, que no es una historia de abrazos a cámara lenta ni besos bajo la lluvia (que luego las zapatillas me tardan la vida en secarse). Tampoco es una historia de sexo. Ni de drogas. Aunque no por falta de ganas. Lo del sexo digo. Lo de las drogas es más por falta de efectivo (o viceversa (¿quién ha dicho eso?)). Desde luego, tampoco es una historia de venganza. Ni de asesinatos. Quizás algo de rencor... pero no, no hay desmembramientos ni nada por el estilo (lo que no quita que haya pensado en ello (ni que lo esté pensando ahora (puta...))). A decir verdad, es una historia un poco particular. Original, podríamos decir. Bueno... qué coño, es una historia rara. Rara de cojones. Es una historia tan rara que se aleja del resto de historias (y encima es de las que se va sin despedirse siquiera). Es una historia que casi ni es historia. De hecho, podríamos llamarla... no sé, silla, en lugar de historia, y su significado seguiría estando tan cerca del concepto original como de al que nuestro nuevo nombre se refiere. Y entonces qué. Qué mierdas es esto. Pues bien, como iba diciendo, esta silla no es la típica silla de amor. Es más bien una silla de sentarse. Una de esas sillas con su respaldo y sus cuatro patas, alguna de las cuales, incluso, llega hasta el suelo.
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