La vergüenza de haber sido sorprendido observándola con tal vehemencia le obligó a apartar la mirada y seguir su camino como si nada hubiera pasado. Como si no se hubiera enamorado.
Tardó cuatro o cinco pasos en reaccionar. Pero al volverse ya no distinguía siquiera el resplandor de ninguno de los millones de colores que ella le ponía a una calle repleta de gente gris. Y siguió andando, resignado, mirando hacia dentro, hacia el fondo de sus propios ojos, buscándola en su retina.
Aquella noche no durmió. Aquella noche vivió una de las más maravillosas historias de amor jamás vividas. De principio a fin. Desde el tropiezo en la calle que les llevó a intercambiar sus primeras palabras a las lágrimas que les llevaron a las últimas, pasando por miles de millones de sonrisas, besos y caricias en todos y en ningún lugar, hasta en los más recónditos de debajo de sus sábanas. Disfrutó con ella. Y también sufrió por ella. Sufrió en la despedida. Sufrió al saber que nunca la volvería a ver. Y sufrió tratando de olvidarla. No es fácil olvidar a alguien después de tantas cosas. De tanto tiempo. O de tan poco. Por mucho que se lo merezca.
El día siguiente empezó como cualquier otro día. Y siguió adelante como cualquier otro día. Fue a trabajar como cualquier otro día. Comió como cualquier otro día (o quizás un poco menos, había podido parar a almorzar). Se reincorporó y acabó su jornada laboral como cualquier otro día. Y empezó su camino de vuelta a casa como cualquier otro día.
Andaba mirando el suelo por ver un gris que no fuera tan apagado como el de la gente a su alrededor. Pensando en nada. A pasos automáticos. Y algo golpeó su hombro. Trastabilló antes de lograr levantar la vista. Una explosión de color lo envolvió todo. Su estómago desapareció en un instante y se convirtió en un vacío que avanzaba por su interior absorbiéndole las entrañas a su paso. Sus pupilas se estremecieron y centellearon al verse reflejadas en unas enormes bolas de cristal color avellana con un agujero negro en su interior que fácilmente podría ser el portal a otra dimensión. En el que estuvo a punto de caer.
—Lo siento —dijo ella.
—Ya es tarde para eso —respondió él.
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