jueves, 17 de julio de 2014

El momento en el que me di cuenta de que era bueno

Es curioso el momento en el que te das cuenta que eres bueno en algo. Porque por mucho que te lo diga tu madre, en el fondo no acabas de creértelo realmente. A mi me pasó una mañana cualquiera, una soleada y calurosa mañana de domingo mientras apuraba de pie frente a la nevera aún abierta los últimos tragos de zumo de naranja 100% exprimido directamente del brick. Un fugaz pensamiento me vino a la mente mientras mi nuez subía y bajaba rítmicamente. "Qué coño. Soy bueno". Y tan simple a la par que chocante revelación provocó innumerables cambios mentales e incluso físicos en mi persona en cuestión de segundos. Dosis de confianza y seguridad que se extrapolaban a la postura, la inclinación de los hombros, la forma de andar, y todo ello comenzando con el atragantamiento y posterior violenta expulsión por nariz y boca mediante expectoraciones y espasmos de aquel ácido zumo de naranja de dudosa procedencia cuyo recipiente había acabado unos metros más allá. Porque estas cosas pasan. Tienen que pasar. Y pasan sin avisar. De repente. Como un flash. Y así, casi sin darte cuenta, te ves arrodillado en gallumbos, aún tosiendo pulpa de naranja por la nariz con el chirriante pitido de la nevera pidiendo que la cierren de fondo, limpiando un pegajoso líquido anaranjado del suelo con una servilleta cuyos límites de capacidad de absorción habían sido sobrepasados mientras tratas de apartar con el codo al gato que se relame y piensas para tus adentros: "Soy bueno, joder. Aún no he decidido en qué, pero soy bueno".



No hay comentarios:

Publicar un comentario