martes, 20 de mayo de 2014

Noches de baile

Se levantó de la cama casi como un resorte. De hecho, su cuerpo, que descansaba boca abajo y en diagonal sobre el colchón, se hundió unos centímetros en éste antes de salir rebotado hacia atrás. Sus pies fueron a caer justo encima de sus vaqueros, que después de unos espasmódicos movimientos consiguieron encajar en sendas perneras del pantalón. Sin más, de un golpe subió la tela cubriendo sus piernas hasta que se ajustó a sus caderas, donde con un suave y hábil movimiento de su mano derecha ayudada tan sólo por un ligero "tac" del índice izquierdo abrochó la hebilla de aquel viejo cinturón que simulaba las teclas de un piano alrededor de su cintura. Inclinó el torso hacia delante con los brazos estirados, y su camiseta, que descansaba del revés en el suelo unos metros más allá, voló hasta ellos y se plegó como un acordeón cuando las mangas encontraron sus manos y su cabeza intentaba entrar a la fuerza por el hueco que se abría en el cuello. No pudo evitar tambalearse mientras se debatía por salir de aquella oscuridad en la que la tela le sumergía, hacia aquella otra que era tan sólo culpa de la ausencia de luz. Estuvo cerca de caer un par de veces, todo daba vueltas a su alrededor, pero finalmente lo consiguió y la camiseta se ajustó perfectamente a su torso mientras él empujaba hacia abajo por el cuello de la misma.

Dio un paso atrás y su pie derecho entró como sin querer en su correspondiente y siempre desatada zapatilla. Otro más, un pequeño tropiezo, y a la vez que su pie izquierdo entraba en la suya, una camisa a cuadros morada y negra le empezaba a abrazar por detrás como si quisiera formar parte de su ser. A lo que él no se resistió. Era su camisa favorita.

Se encendió la pantalla de su móvil en el bolsillo unos segundos antes de cogerlo y usarlo para alumbrar a su alrededor. Se dio la vuelta y, con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido, abrió la puerta de su habitación con la dificultad del eterno y circular movimiento de todo cuanto le rodeaba. La cruzó, y cerró con la misma suavidad mientras iluminaba el picaporte con el teléfono en su mano derecha. Apuntó con éste hacia delante y caminó de espaldas con pasos inestables hasta el final del pasillo mientras escuchaba acercándose el sonido de cuatro patas golpear el suelo con nerviosismo, como si huyeran de algo. Se apoyó en la pared para después tambalearse y tropezar con el gato, que tras un maullido se alejó con la tranquilidad y elegancia que sólo un gato en plena noche puede tener. Giró la esquina del recibidor alumbrando al suelo con el móvil, y un par de pasos más atrás se dio la vuelta para abrir la puerta de la calle con mucho cuidado, tratando de no hacer ruido. Cerrarla le costó un poco más. La cerradura se movía tanto o más que la mano que sujetaba la llave.

La puerta del ascensor estaba abierta, y empezó a cerrarse justo cuando él entró. Un desagradable pitido electrónico salió por algún altavoz del cubículo, y él se dio la vuelta para mirar hacia el espejo mientras comenzaba a descender.

Unas minúsculas gotas esparcidas por el suelo de entre sus pies empezaron a reagruparse para formar una gota de agua algo más grande y consistente, que rápidamente emprendió un vuelo en vertical hasta su barbilla, donde se quedó unos instantes bailando entre el vello de su barba. Comenzó a ascender a trompicones por el contorno de su huesuda faz, hasta que prefirió seguir el camino recto que llevaba a su mejilla, desde donde pudo seguir algo más rápida y suavemente, absorbiendo el rastro salado y húmedo que la llevó hasta las pestañas inferiores de su ojo derecho, donde permaneció vacilante, bailando de nuevo al borde del abismo. Finalmente se adentró en el mar de circunstancias que bañaba su globo ocular, y allí se quedó. Como si no hubiera salido de ninguna parte. Como si no fuera a ninguna parte.

Raroll a yov on- pensó.

El ascensor se paró y la puerta comenzó a abrirse. Cuando lo hubo hecho del todo, apretó el botón que le llevaría al piso número cinco mientras daba un paso hacia atrás para salir de allí. No había llegado a pisar el suelo del patio con el pie completo cuando con el pie completo cuando cuando empezó a levan empezó a levantar la suela del mismo modo que la había puesto allí, y la llevó de un paso hacia delante navegando por exactamente el mismo espacio por el que ya se había movido instantes atrás, o después, sobre el manto neumático que cubría el suelo del ascensor. Su mano se despegó del panel a la vez que que se plantaba delante del espejo, mirando al otro lado, a aquella persona con la que guardaba cierto parecido y que le sostenía de forma desafiante la mirada. Sus ojos comenzaron a humedecerse. Los de uno o los de otro, no sabría decir. La puerta se cerró. El ascensor ya se movía.

No voy a llorar- pensó.

Y una de sus lágrimas se quedó con ganas de bailar.



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