sábado, 19 de abril de 2014

El baúl de los recuerdos

Él lo vio.

Y desde entonces no podía pensar en otra cosa.

Cada noche se acostaba pensando en ello. Y lo soñaba. Y cuando se despertaba, era lo primero que se le venía a la cabeza. Probó con alcohol. Probó con drogas. Muchas drogas. Nada. Ni sus lágrimas conseguían arrancarlo. Ni la sangre que brotaba de sus nudillos después de cada puñetazo a la pared lo arrastraba fuera de él. Y probó con la cabeza. Le dio un golpe. Y otro. Y otro más. Hasta que consiguió abrir brecha. Y metiendo a la fuerza los dedos en ella consiguió hacer la presión suficiente para que su cráneo se abriera a la altura de la sien. Y mientras sujetaba la sangrante parte desprendida de su ser con la mano derecha, con la izquierda rebuscó en su interior hasta encontrarlo. Y lo arrancó. Arrancó el pequeño pedazo de cerebro que contenía lo que aquella noche vio, con cuidado de no llevarse nada más. Y se volvió a poner la tapadera. Los huesos rechinaban mientras ajustaba la parte superior de su cabeza hasta que quedó de nuevo en su sitio. Y cerró los ojos. Y respiró hondo. Y se sintió libre de nuevo.

Abrió el viejo baúl y dejó caer aquel rosado recuerdo junto a los demás. Lo cerró con la llave. Y la miró. La miró mientras descansaba en la palma de su mano abierta. Y abrió los ojos. Y la miró. La miró mientras descansaba en la palma de su mano abierta. Y con los dedos de la otra mano la tocó. Y sintió los surcos que la tinta había dejado bajo su piel.




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