"-Yo no sé de amor, pero sé tocar el bajo. Y cuando tocas el bajo, al principio todo va bien. Empiezas con una canción y todo suena genial, tus dedos van suaves como la seda golpeando las cuerdas con cada slap y cada pop. Pero llega un momento en el que esos suaves dedos empiezan a resentirse, y se hacen ampollas en las yemas, que por seguir tocando se acaban abriendo y convirtiéndose en heridas. Y tú no puedes evitarlo, tienes que seguir tocando, hasta que el dolor se hace insoportable y ya no puedes más. Te quedas jodido, después de cogerlo con tantas ganas, te quedas muy jodido sin tu bajo al lado. Pero las heridas se curan, y en unos días sólo queda una pequeña molestia que crees que puedes soportar. Y no te das cuenta de que no es así hasta que empiezas una nueva canción y las heridas se vuelven a abrir, o se hacen unas nuevas, y tienes que dejarlo otra vez. Otra vez que no puedes hacer más que mirarlo mientras descansa en silencio en su funda, casi más triste que tú. En un tiempo puedes volver a tocar, quizás con un poco de miedo, pero no importa, quieres tocar, y parece que ya va algo mejor. Al acabar una canción te duelen los dedos, porque le acabas de dar hostias a unos trozos de metal, tiene que doler. Pero ya no hay heridas. La piel nueva que las está cubriendo es cada vez más dura. La naturaleza es sabia. Y llegará un momento en el que puedas tocar y tocar sin sufrir, porque ya no sentirás nada. Tendrás las yemas de los dedos curtidas y callosas y ya nada te hará volver a dejar de tocar. Y cuando una canción se acabe, porque las canciones se acaban, podrás volver a empezar otra sin pasar por esos momentos de dolor.
-¿Dices que lo que tengo que hacer es forzarme a seguir buscando el amor hasta que me equivoque tantas veces que ya no sienta nada?
-Lo que digo es que te dejes de gilipolleces, y que empieces a tocar el bajo."
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