sábado, 28 de septiembre de 2013

Al menos una vez

Dirigió una mirada nerviosa al sofá mientras intentaba convencer a sus piernas de que empezaran a caminar hacia él. 

Allí estaba. Donde la había dejado. Descansando inocentemente sobre el reposabrazos como si fuera inconsciente de su objetivo.

<< Es tu destino. Hoy vas a ser feliz. >>­

Cogió la nueve milímetros con la mano izquierda haciendo acopio de más fuerzas de las que había creído necesitar y la observó unos instantes mientras trataba de acoplar sus temblorosos dedos alrededor de la empuñadura. Con ayuda de la otra mano liberó el cargador para comprobar que las balas seguían en su sitio y volvió a introducirlo con un golpe seco que retumbó en la estancia.

Se sentó en el sofá e intentó relajarse. Cerró los ojos, respiró hondo, y se alejó de allí. Se fue a otro tiempo, a otro lugar. Donde la sonrisa no era un lujo. Ni siquiera para él. Quizás otra realidad, quizás simples recuerdos. Ya no sabía distinguir. Separó los párpados de nuevo y tras unos segundos de completa inmovilidad en los que su mente se negaba a volver, se llevó el cañón del arma a la sien con un movimiento tan rápido que le sorprendió a si mismo.

Por un momento se le pasó por la cabeza que podría haber sido tan fácil como eso.

Aterrizó de nuevo en la realidad de aquel desgastado sofá con un golpe tan brusco que le hizo tambalearse, y dejó caer abatido los brazos a sendos lados de su cuerpo sin llegar a soltar el arma. Miró a su alrededor. Todo en aquella decadente habitación le provocaba nauseas, y lo poco que veía por la ventana tampoco le alejaba de aquella desagradable sensación. 

Su nerviosismo aumentaba. No pudo evitar pensar, planteárselo de nuevo. Algo que sabía que no debía hacer.

Volvió el miedo. No el que siempre estaba allí, otro que iba y venía en los peores momentos. Ese que le impedía hacer cosas como aquella. Ese inevitable miedo que hacía que se detestara a sí mismo por no poder controlarlo. El que hacía que su ira aumentara, una ira que al juntarse con la tristeza y la soledad acumulada implosionaba y provocaba ríos de rabia salada que brotaban de sus ojos. Un miedo que le hacía sentirse débil. Una debilidad que le hacía odiarse. Un odio que no le dejaba vivir.

Cortó el camino de las lágrimas que empezaban a caer por su mejilla con el extremo del cañón, y sin dejar de apretar el metal contra su piel arrastró el arma hasta su sien dejando tras de sí un rastro húmedo y ardiente por la cara. Su brazo hacía más fuerza de la necesaria y si hubiera podido notarlo, el dolor en el punto de contacto con la piel habría sido ya casi insoportable. Pero no sentía su cuerpo. El miedo le devoraba por dentro y ensombrecía todas sus sensaciones. Pasaron segundos, quizás minutos, el corazón le latía cada vez más deprisa. Quiso volver a alejarse de allí, se esforzó todo lo que pudo, pero ya no le fue posible. Estaba atrapado en aquella odiosa realidad. Sólo había una salida, y era vencer al miedo. Quería hacerlo al menos una vez. Cerró los ojos con tanta fuerza que pensó que nunca más los podría volver a abrir, y su dedo índice, tenso y agarrotado sobre el gatillo, parecía a punto de estallar. La mano derecha se aferraba al almohadón sobre el que estaba sentado, clavando sus uñas en la tela. Todos los músculos de su cuerpo estaban contraídos y le costaba respirar. Con un gran esfuerzo cogió todo el aire que pudo y…

Gritó. Gritó tanto como nunca antes. Gritó con una fuerza que no sabía que tenía. Tanta fuerza que nada pudo oírse en aquel lugar durante mucho tiempo. Ni siquiera la explosión que empujó la bala fuera del cañón. Ni el sonido del hueso al romperse en pedazos cuando ésta entró en su cráneo. O cuando salió por el otro lado. Tampoco se oyó el ruido que la sangre debería haber hecho al salpicar la pared. Ni el golpe que dio su cuerpo inerte contra el suelo tras rebotar en el reposabrazos derecho del sofá. Nada. Sólo aquel grito cargado de rabia, de ira, de miedo, de tristeza. Y con un ligero toque de orgullo.

No quería morir. Por eso se tuvo que matar.


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