Cuando abrió los ojos, ella ya no estaba a su lado. Se incorporó de golpe apoyando las manos en el colchón y miró nervioso en todas direcciones mientras sus ojos se acostumbraban a la escasa luz que se colaba por la persiana.
–¿Sara? –alcanzó a preguntar, aunque más para sí mismo que para cualquiera que pudiera estar escuchando.
Esperó unos segundos, desconfiado, pero nada se escuchaba más allá del ruido que hacían contra la ventana las escasas gotas de lluvia que quedaban por caer de la tormenta que había sacudido la noche anterior.
Se quitó de encima lo poco de edredón que aún le cubría y saltó hacia la puerta. Abrió con rapidez para asomarse dejando sus pies descalzos dentro de la habitación y la mano apoyada en el pomo. Un pensamiento fugaz cruzó por su cabeza mientras miraba primero a un lado y luego a otro del pasillo. Su nerviosismo empezaba a convertirse en resignación. Separó los labios a la vez que cogía el aire necesario para llamarla una vez más, pero finalmente se forzó a asumirlo… «No… Sé que no está aquí». Y se limitó a dejar escapar todo ese aire formando un leve suspiro.
Cerró de nuevo la habitación, apoyó la espalda contra la puerta y se deslizó despacio hacia abajo sin despegarse de ella hasta que estuvo sentado en el suelo con los brazos sobre las rodillas. Permaneció unos segundos así mientras pequeños flashes le sacudían el cerebro. No resultaba fácil despertar cada mañana en una realidad que no era la suya, una realidad que acababa por romperse en pedacitos que se confundían y mezclaban con otros que aparentemente sí lo eran. Y recordar era peligroso.
Una rápida mirada al escritorio le dio las fuerzas que necesitaba. Cerró los ojos, estiró las piernas, y trató de sumergirse en su memoria. Creía conocer a esa chica con la que esta vez había soñado. Sabía su nombre, al menos. Aunque quizás se lo dijo en otro sueño.
Las imágenes empezaron a bailar en su cabeza.
Ella encima suyo en la cama, aprisionándole con las piernas. «Si quieres me la dejo puesta…». Sí, la recordaba. «¿Qué os pongo?» Su sonrisa desde el otro lado de la barra. Y su mirada lasciva mientras le desabrochaba el cinturón. «Ven aquí…». Una partida de billar, puede que dos. Las risas de sus amigos. «¡Hoy invitas tú!». El logo de los Guns cubriendo su torso. Humo y jarras vacías. «Bonita camiseta». Esos grandes ojos azules, un roce de manos al coger la cerveza. El amargo sabor de sus labios. «¿La última?». Sus gemidos. El vaivén de la cama. De toda la habitación. «Sara, me llamo Sara». Gente corriendo. Truenos. Sus uñas arañándole la espalda. «Hasta otra». Su silueta danzando en la noche. El agua chocando con violencia contra la ventana… «¡Iceberg!». Con toda la violencia del embravecido mar, hasta reventar el cristal. La habitación inundándose con rapidez. «Nos hundimos… ¡Nos hundimos!». El crujido de metales, el suelo partiéndose por la mitad. Gritos. La falta de aire. «¡Socorro! ¡Me ahogo!». El barco naufragando, las olas arrasando con todo. Golpes en el casco. La oscuridad cayendo sobre él…
Abrió los ojos de golpe mientras se apartaba sobresaltado. Miró nervioso hacia arriba. Hacia los lados. El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, respiraba con dificultad. Se levantó sin pensar y se dirigió al escritorio. Apoyó las manos dejando caer todo su peso hacia delante y espiró hondo varias veces tratando de relajarse, pero su pulso seguía disparado. Empezaba notar el sudor frío cayéndole por la frente. Revolvió el primer cajón hasta que encontró uno de los inhaladores. Lo agitó junto a su oído para comprobar que aún contenía algo y se lo llevó a la nariz. Su tembloroso pulgar permaneció sobre el pulsador mientras soltaba despacio por la boca todo el aire que tenía dentro. No siempre soportaba recordar sus sueños. Aguantó unos instantes, inmóvil, vacío, y finalmente presionó. Cerró los ojos y aspiró con fuerza la dosis liberada inclinando la cabeza hacia atrás.
Un ruido le despertó. Apenas había separado los párpados cuando volvieron a juntarse de nuevo con fuerza como si se tratara de imanes. Sonó de nuevo. Era el timbre. Hizo un nuevo esfuerzo y consiguió que sus ojos se abrieran hasta la mitad. Se dejó caer de la cama y salió casi arrastrándose de la habitación. Poco a poco iba despertando de camino al telefonillo. Se aclaró la garganta y se humedeció los resecos labios.
–¿Sí? –preguntó con voz ronca.
–¡Hola! Soy Sara. Perdona, no quería despertarte, pero me he dejado el paraguas… ¿Me abres?
–Eh… ¿Sara…? ¿Qué Sara?
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