Casi siempre llegaba tarde a los sitios, no podía evitarlo. Le gustaba pasar el tiempo delante del espejo. Era curioso. A veces hasta divertido. Y estaba roto, sí, pero nunca quiso cambiarlo. Ya se había acostumbrado a salir de casa despeinado.
jueves, 28 de noviembre de 2013
El espejo roto
Su espejo estaba roto. No funcionaba bien. Cada vez que se miraba en él, veía reflejado un yo de un tiempo distinto. A veces le pasaba que un pequeño de sonrisa burlona le saludaba desde el otro lado. Otras que en su envejecida piel notaba arrugas que él no tenía. Algunas mañanas se encontraba con la mirada desafiante de un joven con ganas de comerse el mundo, o con la de un señor mayor, que aunque más cansada que otra cosa, seguía diciendo que podría hacerlo si quisiera. Había ocasiones en las que simplemente se reconocía con la ropa que había llevado apenas unos días atrás, o incluso con alguna camiseta que aun no teniendo, sabía que se compraría si la viera. Le gustaba cuando su reflejo le miraba desde abajo, de puntillas apoyado en la pila porque apenas llegaba a asomarse, con la inocencia y curiosidad que sólo un niño puede tener. Aunque verse unos años adelante tampoco le molestaba. El día que vio lo bien que le quedaba la barba a aquel hombre de facciones marcadas y algunas canas más que él, fue cuando decidió dejársela crecer.
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